Hace tiempo, escuché contar a un
misionero residente en la India, varias experiencias. Todas eran
impresionantes, pero ésta particularmente, me quedó grabada en la
memoria por su significado humano.
Y me recordó, el famoso poema de
Antonio Machado, “El olmo seco”
Contaba el misionero, que paseando un
día por una zona de basuras, entre ellas, vio un bulto que se movía.
Se acercó y con desconcierto, comprobó, que se trataba de una
persona.
La recogió y la llevó a un lugar de
acogida donde la lavó, atendió, y dejó al cuidado de las personas que atendían el centro.
Volvió por la tarde, pensando que
posiblemente habría fallecido. Pero cual no sería su sorpresa,
cuando le dijeron que estaba viva.
Se acercó a su cama y al hablarle, el
enfermo abrió los ojos y le dijo, “te estaba esperando” A
continuación, murió.
En este verídico relato, está
inspirado el poema que viene a continuación.
Don Luis, era un hombre diferente. Alto y muy
delgado, iba siempre vestido de manera impecable, con un traje de color gris de paño y corte
ingleses, sin ninguna arruga. Parecía que lo acababa de estrenar. Aunque hiciera mucho frío, pocas veces llevaba abrigo. Cuando lo usaba, era del mismo color gris, en un tono más subido.
Si llovía, amenazaba lluvia, o simplemente estaba un poco nublado, se acompañaba de un paraguas negro. La estampa y la impresión que producía el verlo caminar con todo ese atuendo, era la
de estar delante de un lord inglés. Sus modales,
así como su educación, eran elegantes y refinados. Procedía de una familia de diplomáticos, por tanto, los
gustos y educación, así como sus maneras y ademanes, no se distanciaban de lo que podía ser un lord.
Fue un gran profesor de francés. Sus clases, no solo
se reducían al aprendizaje del idioma, también trataban sobre noticias de actualidad, cultura general, historia, o bien, resolver jeroglíficos y crucigramas. Eran una mezcla de todo, con la pretensión por su parte, de
crear inquietudes culturales. El nos explicó entre otras cosas, todo lo referente a la revolución cubana, y la conducta que tuvo en ese momento el embajador español de la época, el cual no se amedrentó y se presentó en la emisora para dar una versión y pedir explicaciones. Por turnos, nos repartía entradas de cine para ver películas
de ensayo Tenía una predilección especial por las frases
históricas y muchas de las que todavía recuerdo, las aprendí entonces. Frases
de Napoleón, Méndez Núñez, Felipe II, etc. También nos enseñaba a jugar al tenis. Era un hombre,
verdaderamente adelantado a su época, incluso a la actual.
A las chicas nos trataba siempre con una amabilidad
especial, dentro del más absoluto respeto. Todas queríamos causarle buena
impresión y atraer su atención. En el fondo, aunque por la edad podría haber
sido nuestro padre, todas estábamos un poco enamoradas de él. Lo invitábamos a los bailes de estudiantes, él,
amablemente, bailaba con todas, pero tenía un fallo, y es, que bailaba muy mal, y él, lo sabía. Yo, que
entonces era muy jovencita y menos desarrollada que el resto de chicas de mi
edad, también quería causarle buena impresión. Mis compañeras, me arreglaban un
poco y me daban consejos. Tenía que decirle, según ellas, "que bailaba muy
bien", cosa que era mentira. Todas le decíamos lo mismo: ¡Qué bien baila usted,
D. Luis! Y él, de manera flemática y con el sentido del humor que le
caracterizaba dentro de la seriedad, respondía ¡no me digas...! Mientras
aguantábamos los pisotones sin
rechistar. Él, bailaba como podía y nosotras, también.
Pasó el tiempo y un día, tres años después, estrené un jersey azul
cielo, de manga corta. Tenía dieciséis años. Con mi melena rubia sin estridencias y el
tirón de crecida ya realizado, miraba si D Luis se fijaba en mi persona. Hacía un frío mortal, pero mis amigas, me hicieron
quitar todo tipo de ropaje hasta dejarme con el jersey pelado y tiritando.
Que te vea, me decían. Y no sé si me vio o no, pero si
recuerdo el frío que pasé. Con el tiempo me enteré de que su matrimonio se había roto, y había vuelto a casarse con una de aquellas chicas del curso, compañera de estudios entonces.
Hace años que no está entre nosotros, pero
seguro que muchos de sus alumnos, lo mismo que yo, le recuerda con cariño y
admiración. Gracias a él, aprendimos entre otras cosas a hablar francés. Creo que era ateo, pero es posible que esté en algún
lugar remoto, con su traje de paño inglés impecable, y su paraguas.
En mis oídos, suena la famosa por repetida frase de ¡qué
bien baila usted!